La pechuga de pollo más buena del mundo

En ocasiones y por pura casualidad encuentras recetas que te sorprenden hasta el punto de hacerte venir a este blog y contarla.

Hoy tenía una pechuga de pollo para cenar, pero no sabía qué hacer de guarnición, así que allí estaba yo dando vueltas mientras abría y cerraba la nevera. Por la tarde había hecho unas madalenas-bizcocho, cuya receta pondré otro día y que me han salido espectaculares, y me había sobrado un poco de nata. Mi problema cuando me queda "poco de algo" es que luego cría malvas en el frigorífico porque o se me olvida que está allí, o que nunca ha quedado cantidad suficiente para lo que necesito, así que decidida a no tirar nunca más, me he quedado mirando ese "culín".

Sin buscar recetas que apoyaran lo que se me estaba ocurriendo, y queriendo sobre todo aprovechar esa poca nata, he cogido un plato hondo, he puesto en él la triste pechuga, y le he echado la nata por encima; luego le he dado la vuelta (al pollo), para que se remojara bien en el blanco líquido, y lo he metido todo en la nevera a espera de que fuera hora de cenar.

Ya muerta de hambre, he sacado el plato de la nevera, he puesto una sartén pequeña en el fuego con una cucharada rasa de aceite y dándome prisa para que no humeara, he "limpiado" con un cuchillo la pechuga quitándole el exceso de nata... que se ha ido quedando en el plato (hay que tener en cuenta que la nata, tanto rato al fuego, lo más seguro es que se quemara). La pechuga en la sartén a fuego medio-bajo (o sea: hacerla sin prisas).

Cuando el pollo empieza a dorarse, coges la nata y la echas sobre la pechuga; procura que toda ella se "inunde" de la poca nata que has puesto. Un pelín de sal, si es de escamas acertarás seguro (la mejor sal del mundo, hazme caso). Apenas hierva la nata 20 segundos, apaga el fuego. Acabas de conseguir la mejor pechuga del mundo: jugosa, perfectamente cocida, y la nata... espectacular. No necesitas más. No dejes que se enfríe. Disfrútala y cuéntame cómo estaba.